El ayer y los placeres mundanos

Para ti mi querido lector:

Cuando era pequeña solía subirme a las copas de los árboles, lo más curioso es que me aterraba bajarme pero yo disfrutaba estar arriba mientras esperaba a que alguien me ayudara a bajar. Desde ahí podía ver todo con una perspectiva diferente a la de todos los días, pues a todo aquél que pasaba lo veía en picada. Lo que más me encantaba era ver el cielo, las nubes y encontrarles forma, además disfrutaba del aire y de las hojas verdes de los árboles.

Mis fines de semana solían ser en el pueblo donde vivía mi abuela y el camino a pesar de ser el mismo siempre me fascinó, una sola carretera de ida y vuelta y alrededor campos y campos de cultivo, a unos 10 minutos de llegar en una esquina se encontraba una gasolinera y esa era la señal, sabíamos que quedaba poco tiempo para estar en el pueblo, ahí había que dar la vuelta en la desviación y era entonces que la carretera comenzaba a ser más estrecha y era más fácil divisar los árboles desde mi ventana, ahí adentro imaginaba que podía tocarlos, podía sentirlos ásperos entre mis llamas y caminar junto a ellos mientras pasaba mi mano entre sus ramas. También imaginaba tocarlos desde el cielo, pero yo siempre iba en el auto tras la ventana.

Con el paso del tiempo ya no imaginaba que los tocaba sino que trazaba líneas «imaginarias» tanto en el cielo como en los árboles, como dibujando el paisaje en mi mente, otras veces prefería leer y centrarme en la historia.

Así fui creciendo entre el paisaje urbano y rural, entre historias habladas y escritas, pero llego un momento, no sé cuando llegó en que dejé de observar el paisaje e imaginar historias, dejé de leer, reír y llorar por los personajes.

De pronto siempre estaba en mi mente y fue ahí sin darme cuenta en que los placeres mundanos desaparecieron, mucho tiempo la excusa fue el tener muchas actividades, el no tener tiempo pero con los años era más consciente del poco o mucho tiempo del que era afortunada y aun así aunque podía imaginar historias en las nubes, el tocar y jugar con la naturaleza, el reír mientras acercaba un libro a mi cara, el oler las páginas, no importaba, no lo hacía, siempre estaba en mi mente, en otra parte, en otro lugar y en otro momento.

En unas vacaciones largas que tuve pensé en que sería buena idea el no hacer nada -incluso aunque al inicio había planeado ser «productiva», pero qué bonita nos venden la productividad- y pensé sería bueno no hacer nada, sería bueno comer, dormir, ver series y sacar a pasear a la perra pero luego venía a mi mente lo siguiente pero hay cosas que quiero hacer y aunque tal vez no haga todas me gustaría avanzarle lo más que pueda antes de iniciar el siguiente semestre siempre en mi pensamiento estaba presente el avanzar, avanzar, avanzar o el mejorar, mejorar, mejorar.

Entonces me di cuenta que eso es parte de todo un conjunto de ideas que me habían vendido sobre productividad, y si nos damos un tiempo, uno que no sea fijo y decir, de tal a tal hora voy a descansar ¿y qué haré? Puedo ver la tele, ver los árboles, el cielo, caminar…

Cuando todos éramos pequeños no pensábamos en que teníamos una hora para observar los árboles e imaginar que podíamos tocarlos o ver figuras en las nubes, solo lo hacíamos, siempre que podíamos, ahí estábamos, hacíamos lo que más nos gustaba, siempre había una excusa para salir a jugar con nuestros amigos, siempre había una excusa para reír, para sentir.

En esas vacaciones me di cuenta que tenía todo el tiempo del mundo, para pensar, para reír, llorar, oler el rocío por la mañana, leer un libro, emocionarme y sentirlo en mi cara, tenía el tiempo de ver el paisaje ya sea rural y urbano, sé que siempre podemos elegir qué hacer con nuestro tiempo, pero a veces nos hace falta fluir en el tiempo, dejarnos llevar, leer hasta que los ojos se agoten, ver el cielo, empaparnos de lluvia y luego secarnos con el vienta, sin contar por un momento las horas, sin que cuente como parte de nuestra rutina de descanso o self-care, sin que se parte de nada ni de nadie, solo de nosotros, porque los momentos son solo nuestros.

Suelen decir que recordar es volver a vivir, y no hablo de pasarnos horas recordando el ayer, -aunque si lo quieres y lo necesitas pues hazlo- me refiero a recordar que tenemos derecho a sentir, ser y hacer libremente y fluir con el tiempo, pues es nuestro amigo no nuestro enemigo, cada día es nuestro tiempo. Tiempo de sentir las sábanas rozando nuestra piel, el suelo frío de la habitación, el ruido de los vecinos, ladridos, tiempo de asomarse por la ventana y ver el cielo e imaginar historias en las nubes, tiempo de sentir las superficies en las yemas de nuestros dedos, de detenernos y oler nuestro desayuno favorita.

Eso es lo que nos hace mundanos y así ciertamente a pesar de lo que haya dicho siempre hay quienes olemos pan mientras comemos tortilla, yo me siento feliz por aquellos que pueden oler la sopa mientras la saborean

Y en este hilo de metáforas inciertas quiero decirles que el hoy se encuentra donde estamos y a veces para tener un futuro grandioso no hace falta complicarnos tanto la vida sino mas que vivirla.

P.D.

Una gota de valor

Tres gotas de pasión

Cinco gotas de amor

Alexandrina

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